Lucidez e insomnio



Algunas voces dicen que estoy hecho de recuerdos y memorias. Algunas luces, que igual iluminan y ciegan, hablan de mi piel como de un tejido de distancias. Eso es lo que soy. Un almacén lleno de cajas repletas de instantes. Es dentro de las cajas que me busco y me encuentro. En plena noche, vacilando entre una y otra. Me resbalo en las caras conocidas, en los nombres borrados, en las risas y los abrazos. Allí es donde existo. Me burlo de la tarde caminando por calles que llevan todas hacia un río. Es siempre la misma ciudad que me embruja y donde veo mi nombre en las aceras.

Llevo los bolsillos vacíos, a la espera de un encuentro que nunca llega.

No me espantan estos pasos. Estiro los brazos y las sábanas devuelven un olor a cuerpo mojado. Hay una cama en la esquina, que se inclina, que se mueve, que termina casi navegando hasta la pared contraria. El piso cruje, los huesos se parten, los labios se saborean y el asfalto urbano se mete por la ventana sin cortinas.

Muchos pisos más abajo ya se mueven los trenes. El aire frío espera afuera. El olor de la nuca se desvanece, las manos dejan de apretar y se relajan, las rodillas se abren. El cuarto está en silencio, tan callado como un recuerdo que termina.

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~ por latitudesblandas en abril 7, 2010.

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